Mis amigos newyorkinos

Mi viaje por el norte duró unos 20 días y pasé del calor al frío y de nuevo al calor. Lo que arrancó en Long Island con un auto, siguió su rumbo rutero en el frío canadiense de Quebec y volvió por las montañas – como ya les conté en El Folk de Vermont – hasta terminar su recorrido en la iluminada y cosmopolita New York.

Lo sabrá el que estuvo allá y también lo sospechará el que no la conozca: New York es una ciudad inabarcable y no importa cuánta precisión y método uno tenga a la hora de organizar las salidas, nunca llega a hacer todo lo que se plantea. Claro que yo no estuve exenta de esto y pese a pasar 7 días completos en la gran manzana, me fui con más curiosidades por los recovecos que no llegué a ver, que satisfecha por los sitios que visité.

Tuve pocas oportunidades de hacer vida nocturna en Manhattan ya que cuando bajaba el sol mis pies suplicaban una palangana con sales y una cama. Sin embargo hice un esfuerzo porque ¡no salir de noche en NYC es como no estar ahí! Me armé una planificación con recitales de bandas conocidas y desconocidas, compré las entradas para obligarme ir, hice un surtido de jazz con rock y folk y organicé mis noches para conocer y disfrutar lo conocido.

El viernes antes de partir emprendí mi camino hacía The Bowery Ballroom a ver una recomendación de un amigo aficionado el ruido y al punk. Me dijo que ver Crocodiles era una buena forma de conocer el famoso under de New York. Resultó que llegué demasiado temprano al lugar y haciendo tiempo me fui a pasear por el Lower East Side, barrio que lo que decía la guía de papel no me había tentado de ninguna forma.

Caminé largo rato mirando vidrieras y entrando a todos los bares que eran en un sótano. Bajaba a curiosear, daba una vuelta, miraba el menú y volvía a salir.  Repetí esta entretenida fórmula hasta que encontré un bar llamado The Living Room que vendía cerveza a 6 usd y lo declaré como el lugar ideal para matar el tiempo, pese a no ser un simpático sótano. Al entrar me encontré con un – valga la redundancia – living de sillones grandes y mullidos con mesas ratonas de distintos estilos y una música muy cálida que invitaba a acomodarse en una butaca de la barra y pedirse una fresca. Cuando estaba a punto de hacerme un lugar al lado de una pareja, noté que en la pared trasera del lugar no había un mural si no un gran telón rojo que ocupaba el ancho del boliche. Me quedé mirando esa cortina grande y pesada pensando si iba a algún lado o si intentando atravesarla terminaría dándome la nariz contra una pared descascarada. En eso vi un grupo de gente que pasaba hacía al fondo y sin dudarlo los seguí.

A partir de esta parte, les sugiero que le pongan play al disco que está al final, solo para aclimatar más el relato. El track 1 estará perfecto.

Cuando corrí el telón me encontré con otro gran salón, que tenía un escenario levantado a unos escasos centímetros del suelo, y todas las mesas llenas de gente que aplaudía alegremente. Atrás y hacía un costado cerca de una barra había mucha más gente parada charlando, tomando algo, pero siempre atenta a lo que estaba sucediendo en las tablas. Moví un par de cuerpos para avanzar y lo vi: eran tres chicos, jóvenes, con camisas cowboy con la estampa de la bandera de Estados Unidos que cantaban a coro en un solo micrófono mientras uno tocaba el saxo, otro la guitarra y el tercero el acordeón. El estribillo explotaba acústico y la gente aportaba golpeando con la palma la mesa de madera, con el pie el suelo del mismo material y los que estaban parados bailaban y gritaban vitoreando a los jóvenes que entonaban el más fino y delicado de los folks.

No tomé la cerveza en The Living Room. El tiempo que estuve ahí no quise despegar los ojos de la banda, atontada mirando lo maravilloso que era ese lugar oculto, donde adelante el clima era relajado e intrascendente, pero atrás había una fiesta. A solo un telón de separación.

Esa noche pregunté a todos los que tuve cerca quiénes eran estos chicos y nadie supo decirme. Fue Martha, la encargada del bar, que hace tan solo dos semanas (a un mes y medio de esa noche) contestó muy atenta mi mail desesperado en busca de información.

“Esperamos que regreses pronto a la ciudad y visites The Living Room”, finalizaba Martha el email. Volveré por esa cerveza y la adrenalina del no saber qué me espera del otro lado del telón.


The Tres Amigos – The Tres Amigos.
(Para descargar gratuitamente poner “0” en “name your price”. Si quieren colaborar con los muchachitos, agradecidos todos).

Author: GalaDK

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2 Comments

  1. Uy que lindo! Quiero ir!!

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  2. Que buenos rincones hay por el mundo. Viajar es como vivir otra vida, verdad¿.

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