Mis amigos newyorkinos
Nov21

Mis amigos newyorkinos

Mi viaje por el norte duró unos 20 días y pasé del calor al frío y de nuevo al calor. Lo que arrancó en Long Island con un auto, siguió su rumbo rutero en el frío canadiense de Quebec y volvió por las montañas – como ya les conté en El Folk de Vermont – hasta terminar su recorrido en la iluminada y cosmopolita New York. Lo sabrá el que estuvo allá y también lo sospechará el que no la conozca: New York es una ciudad inabarcable y no importa cuánta precisión y método uno tenga a la hora de organizar las salidas, nunca llega a hacer todo lo que se plantea. Claro que yo no estuve exenta de esto y pese a pasar 7 días completos en la gran manzana, me fui con más curiosidades por los recovecos que no llegué a ver, que satisfecha por los sitios que visité. Tuve pocas oportunidades de hacer vida nocturna en Manhattan ya que cuando bajaba el sol mis pies suplicaban una palangana con sales y una cama. Sin embargo hice un esfuerzo porque ¡no salir de noche en NYC es como no estar ahí! Me armé una planificación con recitales de bandas conocidas y desconocidas, compré las entradas para obligarme ir, hice un surtido de jazz con rock y folk y organicé mis noches para conocer y disfrutar lo conocido. El viernes antes de partir emprendí mi camino hacía The Bowery Ballroom a ver una recomendación de un amigo aficionado el ruido y al punk. Me dijo que ver Crocodiles era una buena forma de conocer el famoso under de New York. Resultó que llegué demasiado temprano al lugar y haciendo tiempo me fui a pasear por el Lower East Side, barrio que lo que decía la guía de papel no me había tentado de ninguna forma. Caminé largo rato mirando vidrieras y entrando a todos los bares que eran en un sótano. Bajaba a curiosear, daba una vuelta, miraba el menú y volvía a salir.  Repetí esta entretenida fórmula hasta que encontré un bar llamado The Living Room que vendía cerveza a 6 usd y lo declaré como el lugar ideal para matar el tiempo, pese a no ser un simpático sótano. Al entrar me encontré con un – valga la redundancia – living de sillones grandes y mullidos con mesas ratonas de distintos estilos y una música muy cálida que invitaba a acomodarse en una butaca de la barra y pedirse una fresca. Cuando estaba a punto de hacerme un lugar al lado de una pareja, noté que en la pared trasera del lugar no había un mural...

Read More
El folk de Vermont
Oct17

El folk de Vermont

Para llegar a Burlington, Vermont hay que atravesar varios bosques y algunos lagos. Los carteles de “Cuidado con los renos” se ven más seguido que los de que indican el límite de velocidad. 55 millas son lo suficiente para ir viendo el paisaje y llegar a destino con luz de día desde cualquier punto del estado. Cuando nieva en Burlington no se puede estacionar cerca del lago porque está todo ocupado por los turistas patinadores, pero en verano, solamente habitan el pueblo aquellas generaciones de inmigrantes irlandeses. Es septiembre y pronto el frío se empezará a sentir como así las visitas de los esquiadores y el turismo de temporada. Los bosques a la entrada de este pueblo grande se tiñen de amarillo, rojo y naranja a medida que el auto avanza. Casas de madera al costado de la ruta, moteles con sus carteles titilantes y una pequeña plaza con su correspondiente iglesia blanca, son parte de la perfecta imagen de postal. La noche en Burlington huele a madera y frío. La Church St, que empieza a espaldas de la iglesia y termina en el edificio del municipio a tan solo 5 cuadras, es una peatonal llena de locales y bares levantados íntegramente con trozos de árboles. Es temprano pero la ciudad está en un silencio pos siesta y pre cena, la gente vestida nada más que con un pulover ligero, recorre la peatonal de cemento en busca de un restaurant donde cenar. Las narices curiosas se apoyan sobre los vidrios de los locales dejando la mancha de vapor en la ventana como firma del pasajero. Todos los lugares tienen mesitas chiquitas y agolpadas una contra la otra, como si cenar en Burlington fuera comer con todos los de la ciudad. En las entradas de los boliches hay un pequeño felpudo con la clásica frase “Welcome” que recibe amistoso a las visitas mientras algunas hojas, atrapadas como en una tela de araña, intentan escaparse de la alfombra ayudadas por la brisa del viento. En todos hay una banda tocando en vivo. Cantan en francés, cantan en inglés, o solo dejan que los instrumentos canten por ellos. La melodía que se escucha en la calle es la que se produce cuando abren la puerta de algún bar y un pedazo de canción se escapa, como si cada abertura funcionara como un dedo en una flauta produciendo una nota musical. Al final de la Church St se escucha una melodía de folk que no tiene el intervalo de una pareja entrando o saliendo de un sitio. Un banjo raspa una canción y varias voces hacen un coro con un ritmo constante y...

Read More
La canción del Río Paraná
Aug25

La canción del Río Paraná

A GalaDK la conocí en un curso de periodismo musical hace unos meses. GalaDK es amante de la música, y periodista. GalaDK, mientras yo escucho a Emerson, Lake & Palmer, escucha The Crookes, Two Door Cinema Club, The Cast of Cheers, Utopians y Mogwai.  GalaDK es muy joven, está más buena que el Dulce de Leche, y es -obviamente- Rosarina. GalaDK tiene la fina sensibilidad de conectar qué música con qué espacio. Bienvenida a estos lares, GalaDK! The Sacred Monster La canción del Río Paraná La ciudad en la que vivo tiene su propio ruido, como cada localidad del mundo. Rosario, a 300 km de la gran y activa Buenos Aires, es la mía y como todas tiene sus propios sonidos. Como cada lugar, ésta tiene sus bocinas, sus puteadas, su tráfico y sus quejas. Tiene sus choques, tiene colectivos que frenan y aceleran. Tiene sirenas apuradas con heridos o convalecientes, u otras que tan solo dicen perseguir algún fugitivo. También tiene de esas alarmas sin sentido, insoportables y reiterativas como las que acciona un auto un martes a la madruga. A veces las ocasionamos nosotros y en algunas oportunidades es culpa de otro (casi siempre según nuestro modo de ver). Mi Rosario también tiene un aeropuerto que manifiesta su presencia, que emite su música en formato de turbina y siempre canta una canción con el nombre de un destino, con el ritmo de otro país o la tonada de una ciudad vecina. Toda ciudad tiene, mejor dicho, su propia música. Pero mi preferida acá es la que hace el Río Paraná. Rosario siempre mira al río y éste, agradecido, le devuelve cada día una canción. Cuando las gotas caen por una tormenta el río recibe las lágrimas del cielo y las convierte en un palo de lluvia. Al igual que el instrumento de caña y arroz, el Paraná toma el choque de dos aguas creando un ruido distinto, una melodía gris. Con el viento pasa algo similar. Son como trompetas y saxos que se manifiestan según de qué lado provenga la brisa. Si viene del Sur, las palmeras más próximas a esa zona se moverán creando notas, haciendo ritmos con el oleaje. Si viene del norte, los camalotes danzantes se agruparán creando un nuevo acorde. Si arriba de ese camalote va una serpiente, con su seseo aportará una voz, y otra vez el río habrá hecho una canción. Los barcos, por su parte, también aportan su ritmo y son los músicos invitados a esta fiesta. Ya sean pequeños botes pesqueros arrojando una caña y haciendo que la tanza corte la respiración del aire generando un zumbido, o un remero...

Read More